El próximo día 7 de diciembre se cumplirán 145 años de aquel momento que nos describe la M. Cándida:

Ya era de noche cuando entramos en la casa, pero como si mi alma se me hubiera iluminado por dentro, besé emocionada el suelo y las paredes desnudas de aquella cuna de piedra para un nacimiento que estaba a punto de llegar y exclamé enardecida: ¡Aquí mi paz, aquí mi descanso para siempre!.

La noche del 7 de diciembre, cayó lenta la nieve sobre la ciudad dormida, mientras que mis primeras compañeras y yo, en un duermevela anhelante, esperábamos el amanecer blanco del día 8, de aquel día de la Inmaculada de 1871, que Dios ya había señalado para comenzar nuestra historia”. (Fuente: “Donde Dios te llame”, Mª Carmen De Frías Tomero, F.I.).

Es una tradición, en nuestros colegios y en cualquier parte del  mundo en el que se encuentre algún miembro de la Familia de la Madre Cándida, rezar el Ángelus, de forma especial y entonar el canto del “Mil Albricias”, recordando nuestro primer 7 de diciembre.

Ante la proximidad de este día podemos preguntarnos cuál es el origen del rezo del Angelus.

El Ángelus es una devoción católica en recuerdo de la Anunciación y Encarnación del Verbo.

Toma su nombre de sus primeras palabras en la versión latina, Angelus Domini nuntiavit Mariæ.

Consta de tres textos que resumen el misterio. Se recitan de manera alternativa un versículo y la respuesta. Entre cada uno de los tres textos se recita el Ave María. Es una oración diaria en la Iglesia Católica.

El Ángelus sufrió un lento proceso evolutivo hasta alcanzar su forma definitiva tal como lo rezamos hoy.

Este proceso abarca tres siglos: el siglo XIII, en el que comienza el Ángelus vespertino y poco después el matutino, el XV, en el que comienza el Francia el Ángelus del mediodía, y el XVI, en el que la fórmula de los tres Ángelus reunidos llega a ser universal y estable.

El primer documento conocido en el que encontramos el Ángelus en su forma actual, con indulgencia concedida por el Papa Paulo III, en un catecismo impreso en Venecia en 1560. Poco después, en 1571, San Pío V inserta el Ángelus en un Oficio Parvo de la Virgen aprobado por él.

El triunfo definitivo y universal del Ángelus se logró cuando Benedicto XIII, el 14 de septiembre de 1724, con el breve Iniunctae nobis, concedía cien días de indulgencia por cada vez que se rezara y una plenaria al mes al que lo rezase diariamente de rodillas por la mañana, a mediodía y por la tarde al toque de las campanas.

Benedicto XIV estableció el 20 de abril de 1742 que durante el tiempo pascual se sustituyese el Ángelus por la antífona: Reginal caeli lactare.

Finalmente, Pío VII en 1815, añadió al Ángelus tres “glorias al Padre…” en acción de gracias por los dones copiosamente otorgados por la Santísima Trinidad a la Virgen, particularmente por su gloriosa Asunción a los cielos.

El toque característico del Ángelus consiste en el tañido de tres campanadas antes de cada Avemaría, seguidas, finalmente de nueve campanadas algo más rápidas que las tres rítmicas anteriores.
Hace años era normal que la gente interrumpiera su trabajo para el rezo del Ángelus.

 

Era tan habitual que incluso muchos pintores plasmaron en sus lienzos el momento que recoge esta práctica.

Con las prisas de hoy en día puede parecernos un poco extraño pararnos unos minutos y dedicárselos a María, pero estoy segura de que ese pequeño respiro nos ayudaría a llenar nuestros corazones de algo más que oxígeno y nos haría sentirnos y ser un poco mejores.

El día 7 de diciembre puede ser el inicio de esta buena práctica.

Nos vemos en el cole.

Marisol Ortega.

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